El principal peligro al que está sometido el hormigón armado es de naturaleza química: la carbonatación de la cal. Este fenómeno es causado por el dióxido de carbono y el dióxido de azufre presentes en el aire y en el agua que, al reaccionar con la cal liberada por el cemento, forman cristales insolubles de carbonato de calcio. La consiguiente reducción de la alcalinidad (hasta un pH inferior a 9) favorece la agresión a la capa pasivante de las armaduras, lo que provoca su oxidación, aumento de volumen, hinchazón y desintegración, generando diversas patologías: fisuración del hormigón, desprendimiento del recubrimiento, desintegración del conglomerado y corrosión de la armadura. Además de los fenómenos químicos, el hormigón armado sufre un fuerte deterioro de naturaleza física. Un ejemplo típico es la presencia de "nidos de grava" o "cavidades", causadas por una inadecuada distribución de los áridos en el momento del vertido en el encofrado. Estos aglomerados presentan una baja cohesión del cemento y la existencia de vacíos, lo que acelera la degradación del hormigón armado. Las variaciones dimensionales debidas a los cambios climáticos (congelación y descongelación del agua presente en la porosidad del hormigón) generan tensiones entre los áridos y la pasta cementicia, mientras que el agua disuelve la cal libre, aumentando los espacios vacíos en la matriz y provocando así nuevas infiltraciones, corrosión y debilitamiento de la masa.
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